

Esta mañana después de recoger a mi hijo en el colegio, parados ante un semáforo, noto como posa su mano en mi hombro, se abre la visera del casco y me comenta “¿Dónde van todas esas monjas, papa?” Al principio sonrío y lo saco de su error “no son monjas hijo, son mujeres musulmanas” “ah”, contesta el.
Arrancamos y en el siguiente semáforo, recapacito sobre el comentario.
La lógica de un niño de seis años es aplastante. Son mujeres con la cabeza cubierta por un chador y largos vestidos hasta los pies, las similitudes con una religiosa, para el, son evidentes.
Eso me hace pensar en lo estupido del razonamiento adulto, de lo hipócrita que puede llegar a ser Occidente, de nuestra manía a criticar lo diferente…
Esas mujeres vestían siguiendo los preceptos de su religión, como miles de mujeres cristianas, católicas o no, siguen portando hoy en día, los hábitos de su congregación.
Podríamos hablar largo y tendido sobre los matices de uno y otro caso. Siempre encontraremos argumentos para defender y atacar cualquiera de las dos opciones.
Pero el cerebro despierto, sin contaminar, de un solo niño de seis años, basta para desarmar la más grande montaña de prejuicios.
Espero seguir aprendiendo cosas de Adrià, cada día, hasta que, por desgracia, entre unos y otros consigamos convertirlo en una persona “normal”.
Espero que para entonces, su hijo, un buen día, montados en el aéreo-deslizador, levante la visera de su escafandra de vuelo y le pregunte algo a su papá que le haga pensar…
Arrancamos y en el siguiente semáforo, recapacito sobre el comentario.
La lógica de un niño de seis años es aplastante. Son mujeres con la cabeza cubierta por un chador y largos vestidos hasta los pies, las similitudes con una religiosa, para el, son evidentes.
Eso me hace pensar en lo estupido del razonamiento adulto, de lo hipócrita que puede llegar a ser Occidente, de nuestra manía a criticar lo diferente…
Esas mujeres vestían siguiendo los preceptos de su religión, como miles de mujeres cristianas, católicas o no, siguen portando hoy en día, los hábitos de su congregación.
Podríamos hablar largo y tendido sobre los matices de uno y otro caso. Siempre encontraremos argumentos para defender y atacar cualquiera de las dos opciones.
Pero el cerebro despierto, sin contaminar, de un solo niño de seis años, basta para desarmar la más grande montaña de prejuicios.
Espero seguir aprendiendo cosas de Adrià, cada día, hasta que, por desgracia, entre unos y otros consigamos convertirlo en una persona “normal”.
Espero que para entonces, su hijo, un buen día, montados en el aéreo-deslizador, levante la visera de su escafandra de vuelo y le pregunte algo a su papá que le haga pensar…
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