Soy hijo de emigrantes. Como dicen algunos, mis padres pertenecen al la segunda oleada de ellos que llegó a Catalunya a finales de los años sesenta.
Procedentes de un pueblo de Córdoba en decadencia, viajaron en trenes atestados que tardaban casi dos días en llegar a su destino, en una España en desarrollo, en la que algunos pasaron directamente de la edad de piedra a ver a Armstrong pisando la Luna…
No fue el caso de mi familia. El lugar de donde procedía, solo unos años atrás, era un lugar prospero que en su momento de mayor expansión contaba con tantos habitantes como hoy día albergaría cualquier ciudad de España de las denominadas grandes.
La minería del carbón y sus derivados atrajeron como un imán a cientos de empresas de todo tipo, papeleras, fundiciones, tanto del país como del extranjero.
Se tendieron líneas férreas, se construyeron colegios, teatros, cines, en definitiva, una ciudad a escala en mitad de la nada. Gentes de mil lugares llegaron a instalarse, huyendo de pobrezas y miserias y aún hoy recuerdan con nostalgia y bastante orgullo lo que llegó a ser aquel lugar.
Como evidentemente toda la industria estaba supeditada al uso del carbón, con las primeras crisis del precio del mismo y la llegada de otras fuentes más eficaces y rentables (en aquel momento) el sueño se desvaneció lentamente. Poco a poco, inexorablemente, tras el cierre de una fábrica o taller comenzaba el éxodo y así se llenaron barrios enteros de la periferia de Barcelona.
Los familiares ya asentados en la ciudad llamaban a los que quedaban en el pueblo, pues hacia falta mano de obra barata acostumbrada a bregar con el día a día…
Creo, estoy convencido, que la mayoría no soñaba con hacerse rico. Simplemente confiaban en su esfuerzo para sacar sus vidas adelante de una manera algo más digna.
¿Os suena de algo esta historia? Es la de cientos, miles, de los que llegan ahora, con acentos dispares y costumbres diferentes a las nuestras. No creo que valga la pena tirarnos de los pelos por lo que no es más que una legitima constante en el ser humano, la de migrar, moverse para encontrar el sustento, la felicidad .
Procedentes de un pueblo de Córdoba en decadencia, viajaron en trenes atestados que tardaban casi dos días en llegar a su destino, en una España en desarrollo, en la que algunos pasaron directamente de la edad de piedra a ver a Armstrong pisando la Luna…
No fue el caso de mi familia. El lugar de donde procedía, solo unos años atrás, era un lugar prospero que en su momento de mayor expansión contaba con tantos habitantes como hoy día albergaría cualquier ciudad de España de las denominadas grandes.
La minería del carbón y sus derivados atrajeron como un imán a cientos de empresas de todo tipo, papeleras, fundiciones, tanto del país como del extranjero.
Se tendieron líneas férreas, se construyeron colegios, teatros, cines, en definitiva, una ciudad a escala en mitad de la nada. Gentes de mil lugares llegaron a instalarse, huyendo de pobrezas y miserias y aún hoy recuerdan con nostalgia y bastante orgullo lo que llegó a ser aquel lugar.
Como evidentemente toda la industria estaba supeditada al uso del carbón, con las primeras crisis del precio del mismo y la llegada de otras fuentes más eficaces y rentables (en aquel momento) el sueño se desvaneció lentamente. Poco a poco, inexorablemente, tras el cierre de una fábrica o taller comenzaba el éxodo y así se llenaron barrios enteros de la periferia de Barcelona.
Los familiares ya asentados en la ciudad llamaban a los que quedaban en el pueblo, pues hacia falta mano de obra barata acostumbrada a bregar con el día a día…
Creo, estoy convencido, que la mayoría no soñaba con hacerse rico. Simplemente confiaban en su esfuerzo para sacar sus vidas adelante de una manera algo más digna.
¿Os suena de algo esta historia? Es la de cientos, miles, de los que llegan ahora, con acentos dispares y costumbres diferentes a las nuestras. No creo que valga la pena tirarnos de los pelos por lo que no es más que una legitima constante en el ser humano, la de migrar, moverse para encontrar el sustento, la felicidad .
1 comentario:
me parece sincero lo que dices sobre la emigración. Hace falta pensamientos como el tuyo, Jaume, para seguir adelante. Es honesto de tu parte plantear la continuidad de la emigración. Sé que mucha gente piensa como tú, pero no se atreve a decirlo. Un abrazo. Soy de los nuevos emigrantes en Barcelona. Me puedes localizar en queridobob.blogspot.com
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